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Qué hacer cuando quiere irse de casa todo el rato (y repite “me tengo que ir”)

  • Foto del escritor: Montessori Senior
    Montessori Senior
  • 20 feb
  • 4 Min. de lectura
Cuando una persona con demencia repite “me tengo que ir” no suele significar que quiera escapar, sino que busca seguridad o pertenencia. Entender qué hay detrás de esta conducta y saber cuándo acompañar o redirigir puede reducir la ansiedad y evitar conflictos en casa.

El otro día una mujer me dijo, con esa mezcla de culpa y agotamiento que sólo entiende quien lo vive:

—Rodrigo, llevo semanas durmiendo con la llave puesta por dentro. Dice que se tiene que ir. Que su madre le está esperando. Y se enfada conmigo.


No hablaba desde el enfado. Hablaba desde el miedo.


Porque cuando alguien con demencia se levanta veinte veces al día diciendo “me tengo que ir”, la casa deja de sentirse casa. Empieza a sentirse frontera.

Y lo primero que solemos hacer es explicar.


—Pero mamá, si esta es tu casa.

—Pero papá, si la abuela murió hace 30 años.

—Pero ¿a dónde vas a ir ahora?


Y cuanto más explicamos, más insiste.

Vamos a desmontar esto con calma.


¿Qué significa realmente “me tengo que ir”?


Casi nunca significa lo que dice literalmente.

Rara vez hay un destino concreto. No hay un billete. No hay un plan.

Lo que suele haber es una sensación.

Desorientación. Inseguridad. Aburrimiento. Necesidad de pertenecer. O incluso una memoria emocional antigua que se activa (ir a trabajar, ir a buscar a los niños, volver a casa de sus padres).

Cuando el cerebro pierde la capacidad de situarse en el presente, busca una narrativa conocida. Y muchas veces la narrativa más sólida en la memoria es la de “tengo que hacer algo”.

Así que no está intentando escaparse.

Está intentando recuperar coherencia.

Y si tú luchas contra esa narrativa desde la lógica… pierdes. Siempre.

Porque la lógica ya no es el idioma principal.


El error más común: convertirlo en una batalla


Cuando alguien quiere salir, nuestra reacción natural es bloquear.

Cerrar puertas. Subir el tono. Argumentar. Corregir.

Y eso, sin querer, convierte la casa en una prisión emocional.

Desde Montessori hablamos mucho del ambiente preparado.

Pero no sólo el físico.

También el emocional.

Si el ambiente transmite tensión, vigilancia o confrontación, el impulso de irse aumenta. Porque el cuerpo interpreta: aquí no estoy seguro.


mujer mayor con demencia dudando en la puerta de casa, concepto de deambulación en Alzheimer

Trabajar el sentido de pertenencia (la medicina invisible)


Te conté una vez lo de los motoristas que se saludan levantando la mano.

No importa la velocidad. Importa el grupo.

Todos necesitamos sentir que pertenecemos.

Incluso alguien que no recuerda si tiene hijos.

Cuando una persona con demencia siente que no pertenece a ese entorno, busca otro. Aunque no sepa cuál.

Por eso, antes de preguntarte “¿cómo evito que salga?”, quizá la pregunta sea:

¿Cómo hago que sienta que este es su lugar?

Algunas ideas muy concretas:

– Usa su nombre con calidez y frecuencia.

– Dale un rol dentro de casa (aunque sea pequeño).

– Hazle partícipe de decisiones simples.

– Crea rituales repetidos cada día.


No trabajes por tareas.

Trabaja por identidad.

Si alguien siente que aquí tiene una función, la necesidad de “irse” baja mucho.


Las tareas significativas calman más que las explicaciones

Una de las estrategias más eficaces no es convencer. Es redirigir con sentido.

Si dice “me tengo que ir”, puedes probar:

—Vale, pero antes ¿me ayudas con esto?

Y ese “esto” no puede ser cualquier cosa.

Tiene que tener lógica en su historia vital.

Si fue madre, algo relacionado con organizar, cuidar, preparar.

Si trabajó fuera, algo que le recuerde responsabilidad o utilidad.

Si le gustaba el orden, revisar un cajón (sí, el cajón misterioso funciona aquí también).

La mente necesita ocupar ese vacío que ha generado la sensación de urgencia.

Cuando encuentra una tarea con sentido, la narrativa cambia.

No siempre a la primera. Pero muchas veces sí.


¿Acompañar o redirigir?

Aquí viene la parte delicada.

Hay momentos en los que puedes acompañar simbólicamente.

—¿Te tienes que ir? Vale, vamos un momento a ver si todo está bien.

Salir a la puerta.

Mirar juntos.

Dar una pequeña vuelta.

Y volver.

Ese gesto valida la emoción sin reforzar la huida.


Pero otras veces es mejor redirigir con suavidad antes de que la activación sea alta.

No hay fórmula matemática.

Hay observación.

Si la emoción está tranquila → puedes explorar.

Si la emoción está intensa → redirige antes de que escale.

Y aquí es donde entra algo que repetimos mucho: la enfermedad reduce la flexibilidad cognitiva. Tú sí puedes moldearte. Él o ella, menos.


Y algo importante que casi nadie dice

A veces el “me tengo que ir” aparece cuando la persona pasa demasiadas horas pasiva.

Demasiada televisión. Demasiado sofá. Demasiado vacío.

El cerebro necesita movimiento, propósito, interacción.

Por eso muchas familias me dicen:

“En el centro de día no intenta irse tanto.”

No es magia.

Es comunidad. Es estructura. Es pertenencia intencional.


No estás fallando

Si estás viviendo esto, quiero que sepas algo.

No es que lo estés haciendo mal.

No es que tu casa no sea suficiente.

No es que tu madre ya no te quiera.

Es que su cerebro está intentando organizar un mundo que ya no entiende del todo.

Y lo hace con las herramientas que le quedan.

La próxima vez que diga “me tengo que ir”, prueba a escucharlo como:

“Necesito sentir que estoy en el lugar correcto.”


A veces, en lugar de cerrar la puerta más fuerte, basta con abrir un poco más el vínculo.


Gracias.

Ah. Y perdona si esto ya te lo he dicho.

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